martes, marzo 24, 2026

Ni aunque te explique


Recuerdo todo.


Mi recuerdo más insistente es la piel de la mano de mi mamá cuando yo me aferraba a ella. Recuerdo la textura, su anillo de casada, recuerdo que siempre bordeaba sus uñas con mis dedos diminutos.


Recuerdo los brazos de mi papá cuando se sacaba su chompa y sus bellos hacían un ruido eléctrico.

Parecido al ruido del cauterizador de pieles. Igualito, pero más bajito y sin ese olor de la piel quemada. Mi papá tenía olor a cigarro en esos tiempos cuando salíamos al charco a pescar renacuajos.


Recuerdo el olor de mi mochila de primero básico: goma nueva, hojas nuevas, lápices nuevos...Ese olor a todo nuevo siempre me llena de angustia. Siempre me mete al vacío.

Ese olor a todo nuevo.


No me gustan las cosas nuevas.


Ni las que brillan.

Ni las que tienen jugo.

Ni las cosas húmedas 


Tampoco los pasos ni los pisos.

Mi papá intenta, feliz, pararme al borde del mar. Para que mire las olas, para que entienda la inmensidad, así chiquita. Es una foto en mi memoria con todas las cosas que se pueden sentir.


Puedo sentir la textura de la arena, mojada, áspera, lodosa.

El llanto.

No me gusta la sensación de ningún piso. Mis pies han memorizado los instantes en el pasto mojado, en la arena que se mete por todos lados, en las piedras redondas y en las planas. Han memorizado la textura pegajosa del barro y el calor insoportable del asfalto.


Ahora, cuando camino, distingo todo, en mis pies, en mi pecho, en mi cabeza.

Me impresiona mucho todo eso.
Más chica, cuando tenía unos 8 años, no me daba cuenta. Ya adulta, un día supe que eso que sentía en la casa de mi amigo Mauricio a las 11:30 de la mañana era hambre solamente. 

No era mi corazón a punto de detenerse. 

No era el último pedacito de aire que me quedaba.

Solamente era hambre.

Puedo sentir todo.

El bisturí en mis ojos.
La aguja redonda.
La aguja corta, feroz.
El bisturí en mi cara.
El olor de mi piel quemada.
La luz intensa.


Mi cuerpo no se olvida.


Imágenes que se repiten: árboles secos donde las ramificaciones, como raíces negras, aparecen sobre fondos amarillos y a ratos blancos.
Puntos grandes que forman cosas, azules sobre fondos naranjas.
Esas imágenes me atraviesan como una memoria de algo terrible.


Mi cuerpo no olvida nada.

Las experiencias dolorosas no se van.

Se quedan.

Eso te permite sobrevivir.

¿Pero a qué.

Para qué.

Si la única promesa clara es la soledad.

Yo y mi perro.

Yo y mi perro, ahora cojo.

Yo, mi perro cojo y tres hilos tensos que van desde mi ojo hasta mi ceja.