viernes, abril 24, 2026

Las cosas ahora

No puedo encontrar los pajaros.


Mis ojos rojos y brillosos.

Rojos por dentro y por fuera.


No me veo triste, me veo golpeada.

Mis ojos parecen golpeados,

por un puño o por un camión.


Todo se ve mojado.

Como en la ducha,

como en el mar con el agua salada y el sol en mis ojos.


Hablo diferente.

Algunas letras se me quedan pegadas.

Hay un músculo que no logro recuperar.


Ya no puedo silbar.

(Ni dar entrevistas.)


Los pájaros responden a los silbidos.

He tenido que aprender a escucharlos con este oído que ahora escucha todo:

Escucha fuerte, no siempre claro.

Pero escucha todo.


Aprendí a encontrarlos,

pero ya no los puedo llamar.


Así es como pasa el tiempo.


Hace algunos meses que casi no puedo verlos.

No puedo mirar la luz de frente.

Mis ojos lloran.

Se desesperan.

Tengo que bajar la mirada

al piso oscuro y profundo.


Llueve.


El piso oscuro, profundo y mojado.

No puede ser para siempre.

¿Cómo más, si no, los voy a encontrar?


De pronto suelto la cámara.

Mi mano ya no puede sostenerla.

Primero tiembla, rapidito.

y suelta cualquier cosa.

Antes podía sostener todo.


Mi paso derecho también es torpe.

Si miro mucho rato el cielo

y el sol me encandila,

podría tropezarme.


Todas las cosas son diferentes.

Se ven diferentes.

Se escuchan diferentes.

Se sienten diferentes.


La parálisis.

 y los pájaros que ya no responden.

domingo, abril 12, 2026

Luz blanca

Veo húmedo.


Salta, Salta Vero.

Salto

El viaje es corto y al mismo tiempo es largo, tenía unos 10 años esa vez que salte del trampolín. Recuerdo el agua en mis ojos en el fondo de la piscina.

Así veo, 

mojado.

Veo bien, leo desde lejos palabras chiquitas, letras parecidas, diminutas, de lejos leo bien. De cerca no veo nada pero mis lentes tienen poco aumento. 

Mis ojos están sumergidos en lágrimas sin sentimientos, mis ojos lloran todo el tiempo, mi cara siempre está mojada

Mi mamá dice que se quiere morir, dice que odia este país, mi papá dice que tiene que irse, que mi mamá ya no lo quiere. Mi hermano es bebé aún. Siento ese calor ardiente en mi cara, un río de lava transparente moja toda mi cara.

Era la primera vez. 

No se me ocurrió pensar en la cantidad de veces que volvería a sentir lo mismo a lo largo de mi vida. Menos sin tener una razón, una tristeza que me atraviese, una emoción insostenible. 

Ahora mis ojos lloran, no soy yo la que llora, lloran ellos,.pero yo siento ese río de sal caliente en mi cara y a veces me la creo y me invade una tristeza sin nombre.

Estábamos en las montañas que rodean la playa, una montaña de arena dorada, brillante, con el sol de las 3 de la tarde, implacable sobre la arena, mis ojos no habían conocido ningún brillo parecido, un resplandor tan inquietante que hasta hoy habita en un lugar especial de mi memoria. 

No puedo sacar fotos.

Los pájaros hacen contraluz cuando el sol está detrás de ellos y yo no puedo mirar más al sol. 

Mis ojos no me dejan. 

Se nublan, se mojan, me obligan a buscar la oscuridad más profunda. No puedo mirar los cables ni las partes altas de los edificios, no puedo mirar los charcos que deja la lluvia porque el sol también está en ellos.

No tengo ningún problema en la capacidad de mirar todas las cosas, pero miro todo mojado. 

Salto al mar. Abro mis ojos y entra furiosa el agua salada, al fondo todo es oscuro, solo veo algas, salgo apurada, mis ojos mojados con agua salada miran de frente la montaña brillante de arena y pienso dentro de mi, ojalá pudiera vivir para siempre en un lugar oscuro.






sábado, abril 04, 2026

Delante del muro

Ya no siento lo mismo.

Primero dejé de escuchar igual.

Dicen que se paralizó el filtro del sonido.

Todas las cosas, desde entonces, vienen con ruido.

No es que no escucho, es que no entiendo.

Las palabras llegan con el ruido de la saliva, del aire que las acompaña.


Pero ya han pasado tres años.


Ahora mis ojos no ven lo mismo.

No veo igual.

Siempre lagrimean, sobre todo cuando sale el sol y me mira.

Es un ciclo que se activa y termino tosiendo.

El sol me da tos.

Cuando estoy en la calle, incluso con gafas, tengo que taparme los ojos de la luz,

como  los vampiros.

Es un sol agresivo.

También me pasa —y esto es menos raro—

que cada día sé que mi papá podría morirse.

No por nada en particular.

Porque tiene 78 años.

Nunca he perdido a nadie muy cercano.

Pienso en eso y la emoción que antes podía contener en mí, rompe la barrera.


Mis ojos lloran.

Mi cuerpo no entiende

Y termino tosiendo.


Ya no hay anticipación,

ni contención,

ni elección.

Es algo que me pasa,

no algo que pasa por mí.


La tristeza también me da tos.


Y el miedo.

Una llamada fuera de hora.

Una llamada perdida.

Un papel que me amenaza.