Ya no siento lo mismo.
Primero dejé de escuchar igual.
Se paralizó el filtro del sonido.
Todas las cosas, desde entonces, vienen con ruido.
No es que no escucho, es que no entiendo.
Las palabras llegan con el ruido de la saliva, del aire que las acompaña.
Pero ya han pasado tres años.
Ahora mis ojos no ven lo mismo.
No veo igual.
Siempre lagrimean, sobre todo cuando sale el sol y me mira.
Es un ciclo que se activa y termino tosiendo.
El sol me da tos.
Cuando estoy en la calle, incluso con gafas, tengo que taparme los ojos de la luz,
como los vampiros.
Es un sol agresivo.
También me pasa —y esto es menos raro—
que cada día sé que mi papá podría morirse.
No por nada en particular.
Porque tiene 78 años.
Nunca he perdido a nadie muy cercano.
Pienso en eso y la emoción que antes podía contener en mí rompe la barrera.
Mis ojos lloran.
Mi cuerpo no entiende
Y termino tosiendo.
Ya no hay anticipación,
ni contención,
ni elección.
Es algo que me pasa,
no algo que pasa por mí.
La tristeza también me da tos.
Y el miedo.
Una llamada fuera de hora.
Una llamada perdida.
Un papel que me amenaza.
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