sábado, marzo 28, 2026

Corto circuito

Cuántas pelis se habrán hecho solo por escuchar sus canciones.

No hay luna llena, pero sí medio llena, hermosa.

Quise mirarla otra vez y justo pasa una nube que me hace pensar que me he inventado esa luna medio llena.

No puedo buscarla otra vez.

No quiero mirar hacia arriba.

Estos hilos se estiran y siento todo.

Una flecha que va desde mi ojo izquierdo hasta mi oído derecho.

Se irradia como una bomba atómica.

Atraviesa mis dientes.

Pasa por mis encías.

Mis ojos lagrimean.

Mi cuerpo entiende que lloro, entonces empiezo a sentir agua fría por mi nariz y después algo atraviesa mi garganta y todo lo que queda de mí.

Todos los días.

Tantas veces al día.

El té calentito me dura poco.Me gusta caliente y me apuro y también siento todo. Una caricia caliente en mi garganta.

Después el humo de mi cigarrillo.

Me animo y vuelvo a mirar, aunque mi ojo intente desobedecerme.

No puede.

Los puntos en mi ojo de donde salen los hilos...

Pienso en May.

Yo también escribiría una peli con sus canciones.

Tantas veces al día.

Tantos días.

Es como si me hubiera dado un golpe en mi diente, en mi boca, en mi oído, dentro de mi cabeza.

Mis ojos lagrimean.

Mis lágrimas, saladísimas, pasan por esas microheridas, como si el agua de afuera se filtrara dentro de mi cuerpo.

Siento todo en todas partes.

Un montón de veces cada día.


martes, marzo 24, 2026

Ni aunque te explique


Recuerdo todo.


Mi recuerdo más insistente es la piel de la mano de mi mamá cuando yo me aferraba a ella. Recuerdo la textura, su anillo de casada, recuerdo que siempre bordeaba sus uñas con mis dedos diminutos.

Recuerdo los brazos de mi papá cuando se sacaba su chompa y sus bellos hacían un ruido eléctrico.

Parecido al ruido del cauterizador de pieles. Igualito, pero más bajito y sin ese olor de la piel quemada. 

Mi papá tenía olor a cigarro en esos tiempos, cuando salíamos al charco a pescar renacuajos.

Recuerdo el olor de mi mochila de primero básico: goma nueva, hojas nuevas, lápices nuevos...Ese olor a todo nuevo siempre me llena de angustia. Siempre me mete al vacío.

Ese olor a todo nuevo.


No me gustan las cosas nuevas.


Ni las que brillan.

Ni las que tienen jugo.

Ni las cosas húmedas 


Tampoco me gustan los pasos ni los pisos.

—Mi papá intenta, feliz, pararme al borde del mar. Para que mire las olas, para que entienda la inmensidad, así chiquita. Es una foto en mi memoria con todas las cosas que se pueden sentir, el sonido de las olas, la luz brillante del sol, la textura odiosa de la arena medio mojada pero medio seca, la sal del agua, la caca de las gaviotas pegada a las rocas, las manos firmes pero resbalosas de mi papá—

Puedo sentir la textura de la arena, mojada, áspera, lodosa.

El llanto desesperado. 

Ninguna explicación.

No me gusta la sensación de ningún piso. Mis pies han memorizado los instantes en el pasto mojado, en la arena que se mete por todos lados, en las piedras redondas y en las planas. Han memorizado la textura pegajosa del barro y el calor insoportable del asfalto.


Ahora, cuando camino, distingo todo, en mis pies, en mi pecho, en mi cabeza.

Me impresiona mucho todo eso.
Más chica, cuando tenía unos 8 años, no me daba cuenta. Ya adulta, un día supe que eso que sentía en la casa de mi amigo Mauricio a las 11:30 de la mañana era hambre solamente. 

No era mi corazón a punto de detenerse. 

No era el último pedacito de aire que me quedaba.

Solamente era hambre.

Mi cuerpo no solo confunde… recuerda el dolor.

Puedo sentir todo.

El bisturí en mis ojos.
La aguja redonda.
La aguja corta, feroz.
El olor de mi piel quemada.
La luz intensa.

Mis ojos heridos.

Mi cuerpo no se olvida.

Las imágenes se repiten: árboles secos donde las ramificaciones, como raíces negras, aparecen sobre fondos amarillos y a ratos blancos.
Puntos grandes que forman cosas, azules sobre fondos naranjas.


Esas imágenes me atraviesan como una memoria de algo terrible.


Mi cuerpo no olvida nada.

Las experiencias dolorosas no se van.

Se quedan.

Eso nos permite sobrevivir.

¿Pero a qué.

Para qué.

Si la única promesa clara es la soledad.

Yo y mi perro.

Yo y mi perro, ahora cojo.

Yo, mi perro cojo y tres hilos tensos que van desde mi ojo hasta mi ceja.