Nunca he sabido cómo irme realmente.
De ningún lugar.
De ninguna persona.
Puedo apartarme.
Puedo enfocarme en cualquier belleza y los días pasan sin tristezas. (Quizás por eso no me di cuenta).
Puedo mimetizarme entre personas que no entiendo —escucho solo susurros que no dicen nada mientras imagino las fotos que quiero sacar—
Puedo acompañar causas que no apoyo, porque soy antes que nada, eso, una compañera.
Siempre apuesto por quedarme, por intentar, por aprender.
Y aunque no me guste, también puedo aprender rápido la luz de mis nuevas ventanas.
El sabor del agua nueva.
Los nuevos colores.
Las nuevas caras.
He podido estos últimos años
Sola.
Partida en dos.
Atravesada.
Mirando el mundo borroso.
Con mis ojos siempre llorosos.
Por pena o por consecuencia.
Vengo cruzando puentes colgantes que tiemblan sobre ríos furiosos.
Esquivando precipicios entre las montañas.
Recogiendo flores en todos los caminos.
Buscando cielos blancos y pájaros negros.
Aunque quiera, aunque intente, no he logrado dejar de sentir fascinación por la belleza.
Mis ojos insisten.
Mi alma se aquieta.
Es inevitable.
Igual que el miedo
Igual que el coraje para atravesarlo